viernes, 19 de marzo de 2010

La industria cultural

La industria cultural, definida por Marcuse en el marco de la Escuela de Frankfurt, es la conversión de la cultura en mercancia y su venta en el seno de la sociedad de consumo.

Ultimamente estoy pensando mucho en el tipo de cultura que tenemos. A poco que reflexionemos con un poco de fuerza, nos damos cuenta de que el objetivo de la cultura ha cambiado: su primera prioridad no es el entiquecimiento humano, sino la consecución de beneficio económico a través de la venta. Se ha convertido, pues, en industria.

Podemos verlo, por ejemplo, al descubrir que los escritores ya no crean para si mismos, sino que lo hacen según las modas del mercado: novelas superventas de género histórico y ensayos de autoyuda son dos ejemplos rápidos de ello. ¿Dónde están los truculentos libros de Graham Greene o Max Frisch? ¿Y las profundas obras de Mark Twain? Ya no hay espacio para sus trabajos, principalmente porque exigen que el lector ponga mucho de su parte, y eso no vende. Pero la nueva situación no solo afecta al libro, impregna todas y cada una de las manifestaciones culturales en mayor o menor grado, con análoga lógica. Quizá el teatro es el único capaz de salvarse.

Otro fenómeno que sostiene lo dicho es el que transforma un solo producto cultural en varios. Pensemos en películas como Transformers. El propio film es un producto publicitario, pero es que además luego se producen los juguetes, los libros, la ropa... hasta el punto de no saber que iba primero: el objetivo de conseguir un espectáculo visual o el de vender todos los productos asociados. Creo que esto con pelis como La Dolce Vita o Arde Mississippi -con sus inmensas direncias- no pasaba.

Vivimos en una concepción neoliberal de la economía en la que todo es mercancia y búsqueda de beneficio económico. Y, sin embargo, cualquiera puede darse cuenta de que el espíritu está por encima de ello.

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