viernes, 26 de marzo de 2010

Esto solo lo arreglamos entre todos

Hace poco más de un mes -creo recordar- se lanzó la campaña de apoyo a la solución de la crisis Esto solo lo arreglamos entre todos, en la que, basicamente, se anima al ciudadano de a pié a contribuir con todas sus fuerzas a sacar adelante al país. A primera vista parece una bonita llamada a la unidad ante una situación de tremenda adversidad; sin embargo, al fijarnos en quién se encuentra detrás del proyecto, se convierte en una broma de mal gusto.

Así, entre sus principales impulsores se encuentran bancos y cámaras de comercio, además de publicistas. Hemos de recordar que esta es una crisis económica causada por el sector de las finanzas que, en un marco neoliberal, dió rienda suelta a su ambición e intoxicó su propio negocio. Al ser la base del sistema, el resto de la economía también fue infectada. Animo a todo el que tenga un poco de tiempo a investigar las prácticas financieras que se han estado llevando a cabo en la última década, como por ejemplo la que fundamenta las hipotecas basura, para poder valorar mi planteamiento.

El Estado ya ha pagado su descalabro con cientos de miles de millones de euros, era algo inevitable. Los ciudadanos no nos hemos quejado especialmente y, sin duda, era como para haberlo hecho. Aún así, se nos sigue exigiendo que arrimemos el hombro, probablemente hacia una reforma del mercado laboral. Y tratan de convencernos utilizando todos los recursos del marketing y las relaciones públicas disponibles, para vendernoslo con efectividad.

Por tanto, a la luz de estos escasos y rápidos argumentos, Esto solo lo arreglamos entre todos me parece, como poco, una injusticia, un intento de manipulación y una tomadura de pelo.


sábado, 20 de marzo de 2010

Acerca de la piratería

Retomando el último post de ayer, voy a entrar al trapo acerca de la piratería.

Soy de la opinión de que es necesario que se llegue a una solución de compromiso entre creadores y usuarios de cultura. En España, sin embargo, parece que los primeros -al menos los que tienen una representación capaz de hacer que se escuche su voz- no están por la labor de conseguir consenso. Pienso esto, en primer lugar, porque solo he oído sus quejas y no una solución factible diferente a la vuelta a un sistema muy similar al que existía antes de internet, es decir, la venta de discos, películas, libros etc... como si siguiesen siendo un soporte físico y con los mismos precios. En segundo lugar, porque las maneras utilizadas por asociaciones como la SGAE expresan una actitud de guerra abierta y egoísta basada en la presión a la política y que rechaza dialogar con los representantes de la sociedad civil. Con respecto a esta última es conveniente recordar que gracias a internet por fin tiene voz y se está convirtiendo en un contrapoder sin ánimo de lucro de primer orden que nos defiende a todos.

Creo que con su estrategia actual, los guardianes de la propiedad intelectual tienen la batalla perdida. Si no consiguen entenderse con la sociedad civil, ésta simplemente decidirá -siempre con métodos pacíficos- combatirles, y ganará, por razones obvias como que está formada por cientos de millones de internautas. Podrían empezar, por ejemplo, por plantear un nuevo modelo de negocio. Y ya de paso, podrían plantearse desindustrializar la cultura.

viernes, 19 de marzo de 2010

No al cierre de webs

No al cierre de webs culturales. Al menos no así.

Si opinas de igual manera, pincha por favor en el enlace.

La industria cultural

La industria cultural, definida por Marcuse en el marco de la Escuela de Frankfurt, es la conversión de la cultura en mercancia y su venta en el seno de la sociedad de consumo.

Ultimamente estoy pensando mucho en el tipo de cultura que tenemos. A poco que reflexionemos con un poco de fuerza, nos damos cuenta de que el objetivo de la cultura ha cambiado: su primera prioridad no es el entiquecimiento humano, sino la consecución de beneficio económico a través de la venta. Se ha convertido, pues, en industria.

Podemos verlo, por ejemplo, al descubrir que los escritores ya no crean para si mismos, sino que lo hacen según las modas del mercado: novelas superventas de género histórico y ensayos de autoyuda son dos ejemplos rápidos de ello. ¿Dónde están los truculentos libros de Graham Greene o Max Frisch? ¿Y las profundas obras de Mark Twain? Ya no hay espacio para sus trabajos, principalmente porque exigen que el lector ponga mucho de su parte, y eso no vende. Pero la nueva situación no solo afecta al libro, impregna todas y cada una de las manifestaciones culturales en mayor o menor grado, con análoga lógica. Quizá el teatro es el único capaz de salvarse.

Otro fenómeno que sostiene lo dicho es el que transforma un solo producto cultural en varios. Pensemos en películas como Transformers. El propio film es un producto publicitario, pero es que además luego se producen los juguetes, los libros, la ropa... hasta el punto de no saber que iba primero: el objetivo de conseguir un espectáculo visual o el de vender todos los productos asociados. Creo que esto con pelis como La Dolce Vita o Arde Mississippi -con sus inmensas direncias- no pasaba.

Vivimos en una concepción neoliberal de la economía en la que todo es mercancia y búsqueda de beneficio económico. Y, sin embargo, cualquiera puede darse cuenta de que el espíritu está por encima de ello.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Sobre la transexualidad

Me gustaría escribir un poco sobre transexualidad. El motivo es la tremenda humillación a que están sometidos l@s transexuales y que no está justificada en absoluto. La sociedad suele marginarl@s y condenarl@s al ostracismo de tal manera que no tienen otra salida que el trabajo en prostitución. En la mayor parte de las ocasiones que hablo sobre este tema tengo que escuchar comentarios despectivos y yo me pregunto, ¿qué es lo que han hecho l@s transexuales para merecerlo?

La respuesta es simple: desde luego, nada malo. Eligieron libremente cambiar de sexo, y esto es algo que no hace daño a nadie. Si nuestra libertad acaba dónde empieza la de los demás, es perfectamente legítimo y, en el contexto actual, sin duda es una de las decisiones que más valentía exigen. A la luz de estos escasos argumentos podemos ver que, en realidad, es un acto moralmente bueno. Su crítica es absurda y está fundada en el miedo.

Por ello, en este tiempo de cambios, me gustaría aportar mi pequeño granito de arena a la solución de esta injusticia y pedir que la sociedad también lo haga.